domingo, 27 de enero de 2013

Una Vez a la Semana no te Matará


Una Vez a la Semana no te Matará
J.D. Salinger
Story XXV, Noviembre/Diciembre 1944, páginas 23-27

Él tenía un cigarro en la boca mientras empacaba, entrecerraba los ojos para evitar que el humo entrara en ellos; así que no había manera de que se pudiera decir que su expresión era de aburrimiento o aprensiva, molesto o resignado. La mujer joven sentada en la silla del gran hombre, parece como una invitada, tenía su hermoso rostro atrapado en los rojizos rayos de luz de la mañana; no le hacían daño. Pero sus brazos eran probablemente lo mejor en ella. Eran cafés y redondos y bonitos. 

“Cariño,” dijo, “No veo porqué Billy no puede estar haciendo todo eso.”

“¿Qué?” dijo el joven. Tenía una gruesa voz de fumador empedernido.

“Digo que no veo porqué Billy no puede estar haciendo todo eso.”

“Es demasiado viejo,” contestó. “¿Qué tal si prendes la radio? Puede que haya algo de música comercial a esta hora. Prueba 1010.”

La mujer joven se dio la vuelta, y usando la mano que tiene el anillo de bodas y en el dedo pequeño de un lado una impresionante esmeralda; abre alguna puerta de compartimento blanca, rompe algo, gira algo. Se sienta otra vez y espera, y de pronto, sin ningún pretexto, bostezó. El joven la miró.

“Qué tiempo tan terrible para empezar,” dijo ella.

“Les diré,” dijo el joven, examinando una pila de pañuelos doblados. “Mi esposa dice que es un tiempo terrible para empezar.”

“Cariño, te voy a extrañar horriblemente.”

“Yo también te voy a extrañar. Tengo más pañuelos blancos que esto.”

“Digo, lo haré,” dijo. “Es todo tan apestoso. Me refiero a todo”

 “Bueno, eso es todo,” dijo el joven, cerrando la valija. Encendió un cigarro, miró a la cama, y se echo en ella...
Y así como se tendió sobre la cama, los tubos del radio se calentaron, y una marcha de Sousa, se escuchaba en lo que parecía una sección ilimitada de flautín, triunfando voluminosamente dentro de la habitación. Su esposa giró otra vez uno de sus maravillosos brazos y la apagó.

“Debe de haber algo más en la radio.”

“No en este momento tan loco.”

El joven sopló un anillo de humo defectuoso al techo.

“No tenías que levantarte,” le dijo.

“Yo quería

Habían pasado tres años y ella no dejaba de hablarle en itálicas.

“¡No te levantes!” ella dijo.

“Prueba 570,” dijo él. “Puede que haya algo allí.”

Su esposa prendió otra vez la radio, y ambos esperaron, el cerrando los ojos. En un momento algo de jazz confiable empezó a sonar. 

“¿Tienes el tiempo suficiente para acostarte así?”

“Para acostarme de esa manera -sí. Es temprano.”

Su esposa pronto pareció ser golpeada con una conjetura bastante seria. “Espero que te pongan en la Caballería. La Caballería es hermosa,” dijo ella. “Estoy loca por todas esas espadas nosequé que usan en sus collares. Y tu amas montar y eso.”

“La Caballería,” dijo el joven, con sus ojos cerrados. “No hay mucha oportunidad para ese tipo de cosas. Todo mundo va ahora a la Infantería.”

“Qué horrible, Cariño, desearía que llamaras a ese tipo con la cosa en su cara. El Coronel. El de Phyll and Kenny’s la semana pasada. En Inteligencia. Me refiero a que hablas Francés y Alemán y eso. Él ciertamente te debería de conseguir por lo menos una comisión. Digo, sabes que tan miserable serás siendo un simple soldado o algo así. Digo, que hasta odias hablar con las personas y todo eso.”

“Por favor,” dijo. “Guarda silencio sobre eso. Ya te dije como es todo eso. El negocio de las comisiones.”

“Bueno, espero que por lo menos te manden a Londres. Por lo menos allí hay gente civilizada. ¿Tienes el teléfono de Bubby Apo?”
“Sí,” mintió.

Su esposa aparentemente iba a hacer otra conjetura seria. “Me encantaría algún material. Como unos trajes. Lo que sea.” Entonces, casi instantáneamente, bostezó, y dijo las palabras incorrectas: “¿Te despediste de tu tía?”

Su esposo abrió los ojos, se levantó bruscamente, y puso los píes en el piso. “Virginia. Escucha. No tuve la oportunidad de terminar anoche,” dijo. “Quiero que la lleves al cine una vez a la semana.”

“¿Al cine?”

“No te matará,” dijo él. “Una vez a la semana no te matará.”

“No, claro que no, Cariño, pero...”

“Nada de peros,” dijo. “Una vez a la semana no te matará.”

Claro que la llevaré, tú loco. Sólo quería decir que...”

“No es mucho lo que pido. Ya no es joven ni nada.”

“Pero, Cariño, está empeorando otra vez. Digo, ella es tan chiflada, ni siquiera es graciosa. Digo, no estás con ella en la casa con ella todo el día.”

“Tampoco tú,” dijo él. “Además, ella no deja su cuarto al menos que la lleve a algún lado o para algo.” Se inclinó un poco más cerca de ella, casi sentado al borde de la cama. “Virginia, una vez a la semana no te matará. No estoy bromeando.”

Claro, Cariño. Si es lo que quieres. Digo.”

El joven se levantó de repente. “¿Le vas a decir a Cook que estoy listo para el desayuno?” le preguntó, empezando a irse a algún lado.

“Dame un besito primero,” dijo ella. “Tú, buen soldadito.”

Se inclinó y la besó maravillosamente en la boca y dejó la habitación.

Subió unas escaleras anchas, por gruesas alfombras, y cuando llegó hasta arriba giró hacia su izquierda. Golpeó un par de veces en la segunda puerta, en la parte exterior estaba puesta una tarjeta blanca oficial del antiguo Hotel Waldorf Astoria de Nueva York: Favor de no molestar. Tenía una anotación con tinta desvanecida, escrita al margen de la tarjeta: “Voy a la manifestación de la Liberty Bond. Ya regreso. Encuéntrate con Tom en el lobby por mi a las seis. Su hombro izquierdo es más grande que el del lado derecho y fuma una encantadora pipa. Con amor, Yo.” La nota  estaba escrita para la mamá del joven, y él la había leído cuando era un niño, y unos cientos de veces desde entonces, y la lee ahora: en Marzo, 1944.

“¡Entra, entra!” dijo una voz ajetreada. Y el joven entró.
En la ventana, una mujer de aspecto agradable en sus tempranos cincuenta sentada en una mesa de juego plegable. Llevaba un vestido encantador beige mañana, y en sus pies un par de zapatos blancos de gimnasio extremadamente sucios. “Bien, Dickie Camson,” dijo ella. ¿Cómo te levantaste tan temprano, muchacho perezoso?”

“Es una de esas cosas,” dijo el joven, sonriendo de manera sencilla. La besó en la mejilla, y con una mano en el respaldo de la silla examinó casualmente el enorme libro encuadernado en cuero que estaba abierto ante ella. “¿Cómo va la colección?” le preguntó. 

“Encantador, simplemente encantador. Este libro -no lo has visto, muchacho terrible- es totalmente nuevo. Billy y Cook me van a guardar todas las suyas, y tú puedes guardarme las tuyas.”

“¿Acabas de cancelar las estampillas Americanas de dos centavos?” dijo el joven. “Que idea.” Miro a lo largo del cuarto. “¿Qué tal funciona la radio?”

Estaba sintonizada en la misma estación que tenía en el cuarto de abajo.

“Encantadora. Tomé los ejercicios esta mañana.”

“Ahora, Tía Rena, te pedí que pararas de tomar esos ejercicios locos. Quiero decir que te vas a tensar tú sola. digo que no tiene sentido hacerlo.”

“Me gustan,” dijo su tía firmemente, dándole vuelta a la página en su álbum. “Me gusta la música que tocan. Todas esas viejas melodías. Y ciertamente no me parece correcto escuchar la música sin tomar los ejercicios.”

“Es justo. Ahora por favor para de hacerlo. Un poco menos de integridad,” su sobrino dijo. Camino alrededor del cuarto un poco, entonces se sentó abruptamente en el asiento de la ventana. Miró a lo largo del parque, buscando entre los árboles por una manera de decirle que se iba. Él quería que fuera la única mujer en 1944 que no tuviera el reloj de arena de alguien para mirar. Ahora el sabía que tenía que darle el suyo. Un regalo para la mujer con los zapatos blancos de gimnasio extremadamente sucios. La mujer con la colección de estampillas Americanas de dos centavos cancelada. La mujer que era la hermana de su madre, que había escrito notas para ella en los márgenes de la vieja tarjeta de Por favor no molestar del Waldorf...¿Se le debe decir? ¿Debe de tener su absurdo, brillante y pequeño reloj de arena para mirar?

“Te ves igual que tu madre cuando haces eso con tu frente. Sí. Justo como ella. ¿La recuerdas, Richard?”

“Sí.” Se tomó su tiempo. “Ella nunca solía hablar. Siempre corría, y entonces se detendría un poco en un cuarto. Y siempre solía silbar entre dientes cuando recorría las cortinas de mi cuarto. La misma tonada la mayor parte del tiempo. Siempre estaba conmigo cuando era un niño, pero lo olvide cuando crecí. En el colegio -tenía un compañero de Memphis, y una tarde él puso algún viejo disco fonográfico, algo de Bessie Smith, algo de Tea Gardens, y uno de los números casi me noquea. Era la melodía que mi Madre solía silbar entre dientes. Se llamaba “I Can’t Behave on Sundays ‘Cause I’m Bad Seven Days a Week.” Un tipo llamado Altrievi entró ya cuando estaba avanzada, y desde ahí nunca la he vuelto a escuchar.” Se detuvo. “Es más o menos todo lo que recuerdo. Sólo cosas estúpidas.”

“¿Recuerdas como era?”

“No.”

“Era un buen paquete.” Su tía puso su barbilla en la copa con una de sus delgadas, y elegantes manos. “Tu padre no podía quedarse quieto, como un ser humano, en una habitación si tu madre lo había dejado. Terminaba por asentir tontamente cuando alguien le hablaba, manteniendo sus pequeños ojos curiosos en la puerta por donde ella se marchó. Era un hombre extraño más que desagradable. Él no hizo nada con interés excepto ganar dinero y mirar a tu madre. Y llevar a tu madre a navegar en ese extraño barco que compró. Solía llevar un gracioso sombrerito marinero Inglés. Dijo que era de su padre. Tu madre solía esconderlo en los días en que tenían que salir a navegar.”

“¿Era todo lo que encontraron, cierto?” preguntó el joven. “Ese sombrero.”

Pero la mirada de su tía había caído en la página de su álbum. 

“¡Oh!, aquí hay una hermosura,”dijo, y sostuvo uno de sus sellos a la luz del día. “Él tiene un rostro fuerte, nariz abollada. Washington.”

El joven se levantó del asiento de la ventana. “Virginia le dijo a Cook que prepara el desayuno. Es mejor que baje,” dijo. Pero en lugar de irse, caminó hacia la mesa de juego de su tía. “Tía Rena,” dijo, “Me prestas atención por un minuto.”

El rostro inteligente de su tía se giró hacia él.
“Tía -eh-. Hay una guerra. Eh- bueno, lo has visto en los noticiarios. Digo, lo has escuchado en la radio y todo, ¿lo has hecho?”

“Ciertamente,” ella gruñó.

“Bueno, yo voy. Tengo que ir. Me voy esta mañana.”

“Sabía que tenías que ir,” dijo su tía, sin pánico, sin un sentimentalismo amargo referido a “la última.” Había estado fantástica, pensó él. Era la mujer más sana del mundo. 

El joven se levantó, puso su reloj de arena con poca serenidad sobre la mesa -la única manera de hacerlo. “Virginia vendrá a verte seguido, muchachita,” le dijo. “Y te llevará al cine bastante a menudo. Hay una vieja película de W.C. Fields a exhibirse la semana que viene en el Sutton. Te gusta Fields.”
Su tía se levantó también, pero se movió rápidamente delante de él. “Tengo una carta de introducción para ti,” le anunció. “Para un amigo mío.”

Estaba ahora en su escritorio. Abrió la gaveta de hasta arriba de su mano izquierda, positivamente, y sacó una envoltura blanca. Después fue de regreso otra vez a su álbum de estampas que estaba en la mesa de juego, y casualmente le dio la envoltura a su sobrino. “No la sellé,” dijo, “y la puedes leer si gustas.”

El joven miró la envoltura en su mano. Estaba dirigida con la letra bastante fuerte de su tía al Teniente Thomas E. Cleve Jr.
“Es un joven estupendo, dijo su tía. “Está en la Sexagésimo Novena. Él te cuidará, no estoy para nada preocupada.” añadió impresionantemente, “Sabía que esto iba a pasar dos años atrás, e inmediatamente pensé en Tommy. El va a estar maravillosamente considerado de su parte.” Se giró, esta vez de manera más vaga, y camino a su escritorio. Abrió la gaveta. Sacó un marco de fotografía grande de un joven de cuello alto, en un uniforme de 1917 de segundo Teniente. 

Se movió titubeante de regreso con su sobrino, sosteniendo la fotografía para que el la viera. “Esta es su fotografía,” le informó, “Esta es la fotografía de Tom Cleve.”

“Tengo que irme ahora, Tía,” dijo el joven. “Adiós. No necesitarás nada. Me refiero a que no necesitarás nada. Te escribiré.”

“Adiós, mi querido, querido muchacho,” dijo su tía, besándolo. 

“Ahora encuentra a Tom Cleve. Él te cuidará, hasta que te establezcas y todo.”

“Sí. Adiós.”

Su tía dijo distraídamente, “Adiós, mi querido muchacho.”

“Adiós.” Salió de la habitación y casi cae por las escaleras.
En el peldaño más bajo tomó la envoltura, la rompió en mitades, cuartos, y por último en octavos. No sabía exactamente que hacer con el fajo, así que los atascó dentro del bolsillo del pantalón.

“Cariño. Todo está frío. Tus huevos y todo.”

“La puedes llevar al cine una vez a la semana,” dijo él. “No te matará.”

“¿Quién dijo que lo haría? ¿Alguna vez dije que lo haría?”

“No.” Caminó hacia el comedor.



Nota: Si quieren descargar el archivo en PDF den clic en la liga. Tiene un par de píe de páginas que tal vez les resulte interesante saber.




sábado, 26 de enero de 2013

Cuentos J.D. Salinger; Una Introducción





No sé como presentar las siguientes entradas que voy a realizar. Tal vez muchos o tal vez pocos, o puede que hasta ninguno sepa de mi admiración por el escritor Jerome David Salinger. El día de mañana se cumplirán tres años de la muerte de aquel gran escritor. Edito cuatro libros, de los cuáles he sido influenciado de manera casi dramática por uno en especial: El Guardian Entre el Centeno. 

     Recuerdo que cuando lo leí por primera vez. Tenía dieciséis años. Recorría como media hora para ir a la escuela. Estaba en una escuela que el propio Salinger diría que era esnob. Desde la primer oración, el libro me capturó como no tienen una idea. Y ese año lo leí al menos otras tres veces. Era como mi Biblia. Sin aquel libro, hoy no estaría aquí, y no estoy muy seguro, pero creo que no hubiera sobrevivido mucho tiempo dentro de este mundo. En definitiva y en resumen, J.D. Salinger cambió totalmente mi vida, fue un cambio radical. 

     Como lo había venido haciendo en otros años, hoy, como muestra de admiración, he traducido unos cuantos cuentos publicados en periódicos y revistas de la época. Son cincuenta y cinco cuentos en total, de los cuáles aquí, en este espacio podían encontrar A Boy In France, y This Sandwich Has No Mayoinnaise, antes de que nos borraran la vieja cuenta de Mediafire, si los quieren, pueden pedirlos, saben donde encontrarme, el problema va a ser encontrarlos, ya que no recuerdo en que computadora lo tenga. En fin, este año, les traigo otros cuantos cuentos para que se vaya reduciendo el número. No creo que sea el único que se haya dado a la tarea de hacerlo, pero la verdad es que me siento comprometido por hacer llegar su legado. 

     No creo ser un experto en el tema, no de esos que hasta sepan que tipo de desodorante usaba y ahora yo también lo haga. No. Sin embargo, he leído los cuatro libros que edito en inglés y en español, y de allí me he basado para poder realizar mis traducciones. He tratado de entender la manera en que él quisiera que se le tradujera al español. Espero no decepcionarlo de ninguna manera y hacer que se esté revolcando en su tumba. 

     Como sea, mañana estarán disponible para leer en línea y para descarga un par de cuentos. Uno llamado: Once a Week Won’t Kill You, que toma como base el tema de la Segunda Guerra Mundial. Otro se llama Both Parties Concerned, que toma una relación de dos jóvenes que se casan a muy temprana edad. 

     Por primera vez, en un cuento de Salinger me vi reflejado en el papel jugado por la chica. Creo que de los cuentos es fácil decir con cuál mujer es con la que lo hago. Al final de cuentas, es una etapa demasiado fresca, y que de alguna manera siempre en esa relación me dijeron que parecía que yo era el que jugaba el papel de mujer. Es en serio. No, no me da vergüenza.

     Los dejo por el día de hoy, pero mañana regresaré a las 9:00 a.m. y a las 16:20  p.m. para compartir con ustedes los cuentos. Hasta entonces.

viernes, 25 de enero de 2013

Eddi Front - Eddi Front EP




Eddi Front. ¿Cómo empezar? No hay mucha información de ella, digamos que es una artista en acenso, y desearía que fuera una de esas que escuchas muy a menudo por su buena música. Tiene una página de bandcamp que no tiene nada de información. Una cuenta de twitter que dice muy poco de su música, pero que demuestra su habilidad en las palabras. Existía una confusión en su “nombre artístico”, a veces era Eddi Front y a veces era Eddi Lines, al final escogió Eddi Front. Buena decisión.
Bueno, Eddi Front, nació en las Vegas, es hija única, y tuvo una vida demasiado nómada, pero siempre dentro de Nueva York. Sola con su madre. Ha hecho de la música desde su infancia, fue por poco tiempo (lamentablemente) a la escuela de arte, pero ahora pasa su tiempo con miedo a la oscuridad y ser asaltado en su agujero en Nueva York.

     En primer lugar, aparece la Srita. Front hace casi medio año, con la absolutamente convincente y devastadora "Gigantic". La canción, con su piano inquietante y letras tortuosas. Es una ruptura canción. Análogo al fantasma de un antiguo amor; voz entrecortada que evoca un invierno gélido, los escudos de fantasmas impenitentes sí mismo dentro de su voz nebulosa: “este divorcio es gigantesco" ella canta. Comenta que después de esa relación y su ruptura escribió demasiadas canciones. “Gigantic” en particular se convirtió en un himno para ella. La grabó en su habitación en un sólo día, con Garage Band, dice que al terminar de grabarla, se secó las lágrimas y la llevó al estudio. Hizo algunos experimentos de grabación (no tan sofisticados por que dice que es trampa), y descubrió que sonaba mejor.

     El EP debut es un hechizo vinculante de la sirena de Brookyln. Está compuesto por tres canciones originales y un cover desgarrador a Nick Cave de la canción 'Into My Arms ", el EP homónimo es una perfecta introducción al mundo vigilado por Eddi como uno podría desear.

     Hay una calidad inconfundible de peligro en las baladas exquisitamente preparadas por Eddi. Sus palabras, respaldadas simplemente con estremecimientos de piano y guitarra, están llenos de amenaza dulce. Pero su voz - jadeante y seductora - desmiente la fuerza, y a veces la suciedad, de sus letras. Sus canciones parecen estar encantadas con un crujido, la con el polvo, con una calidad indudable que te lleva a un lugar oscuro, como un viejo teatro.

     Las grabaciones de estudio como resultado que dan forma a su EP homónimo debut guardan un extraño encanto, como si conservara una cualidad nebulosa, un sueño.



jueves, 24 de enero de 2013

Una Película


Había pasado mucho tiempo desde que tuve algo que se pudiera llamar un amigo. Los rastros de la infancia y la juventud habían quedado atrás. Pudieron haber hecho una película sobre nosotros. La película hubiera estado basada en un libro escrito por alguien que conocíamos o inclusive por nosotros. El libro tendría un argumento muy sencillo, narraría las semanas que pasamos en la ciudad donde crecimos y sería en su mayor parte una descripción fiel. Lo habrían catalogado de ficción pero sólo habrían o habríamos modificado unos pocos detalles, no se habrían cambiado nuestros nombres y no habría nada en él que no hubiera sucedido. Por ejemplo, era cierto que por las noches de octubre, a parte de emborracharnos por las noches y mirar la luna llena, habíamos visto películas snuff, una de esas grabaciones sádicas de violencia en directo, en una habitación de Japón, y que después de verla, yo me asomaba a la ventana con vista al Panteón donde el autor trataba de consolarme asegurándome que los gritos de los niños torturados eran fingidos, pero sonreía mientras lo decía y tenía que volverle la espalda. Otros ejemplos: era cierto que nos habían tratado de engañar en otras facultades de la universidad diciendo que nuestra vida ya estaba escrita y que yacía en un libro, pero que en ese libro aún existían hojas en blanco que había que llenarlas con experiencias propias, y que esas experiencias serían las que nos enriquecerían y nos convertirían en la persona que mirábamos cada mañana en el espejo, como si todo pudiera ser tan fácil como el nace-crece-y se reproduce. Hubiera preferido soñar que mi novia (que en ese momento era un sueño de verdad), había atropellado un coyote en los cañones más abajo del Ajusco, y en dado caso de que pudiera ser cierto, hasta podría narrar una cena de Nochebuena en algún restaurante fino con mi familia y hubiera permitido que el autor la hubiera dejado fielmente descrita las escenas de dicha noche sobre el papel. La vida es más fácil en el papel, y también más difícil de creer. Tal vez, en otras de aquellas vivencias, en el libro sólo se registraría sólo una vaga resistencia por mi parte y no lograría describir con exactitud lo que sentí realmente aquellas noches que pasamos juntos: el shock, el miedo que me producía la gente; un chico marginado del que se había medio enamorado de la forma en que vivía. El hecho de que siempre que le gustaba una chica, el escritor del libro se encargaba de romperle el corazón al chico, después de que el escritor las conquistara con sus ejercicios de retórica y dialéctica, y las chicas después ignorarán al chico porqué no parecía demasiado inteligente y  se reducía a alguien demasiado jodido de la cabeza por no poder expresarse con claridad, y sin embargo, el escritor nunca las correspondería porque estaba demasiado absorto en su propia pasividad para crear el vínculo que se necesitaba que lo demás le dejaba de importar momentos después, y aún así siempre teníamos que acudir el uno al otro. Pero para entonces ya era demasiado tarde, y como al escritor le molestaban ciertas cosas acerca de mí, me convertí en el narrador atractivo (para contar la historia), y aturdido, incapacitado para el amor o la bondad. Así fue como me convertiría en el joven calavera tarado que deambulaba entre las ruinas con la nariz goteando sangre, haciendo preguntas que no necesitaban respuesta. Así fue como me convertiría en el chico que nunca entendió cómo funcionaba nada. Así fue como me convertiría en el chico que no salvaría a un amigo. Así fue como me convertiría en el chico que no podía querer a una chica.
En aquellos tiempos, tenía un sueño recurrente en el cuál vivía otra vida, en otra ciudad, en otro tiempo. Mi casa era de cristal y nadie entraba y nadie salía. Miraba la vida pasar desde dentro. Me solía quedar detrás de la puerta, esperando que el viento no soplara tan fuerte como para derribar mi fortaleza, peleando con los miedos que me rodeaban. Me había tomado algo de tiempo saber dónde esconderme.

Se podría decir que solía cavar agujeros por la tarde, y para el anochecer, la mayoría de la tarde ya se había ido. Parecía como si hubiera dormido por la mañana. Pero por la tarde, la mañana estaba aún por venir. Una imagen venía a ayudarme. Eran unos de esos días cuando la mente se pierde, cuando todos juegan, cuando todos se quedan y todos los sueños se hunden.
Venía a recoger los agujeros con la lógica. Vestía plástico y zapatos que difícilmente creerías. Las noches llegaban un poco más temprano, como un pigmeo mascando las hojas incorrectas. Preparaba un té, y escuchaba XTC debajo de un árbol con sombra. Regresaba a la cama a las tres. Golpeaba mi rostro en el suelo ante el sol resplandeciente. Los blancos iluminaban donde antes había grises. La lluvia caía como un desfile con confeti, que corría lentamente y se disipaba. Eran unos de esos días.
Terminaba de recoger los pedazos que quedaban. Y me detenía en la ventana. Mis ojos se postraban en la luna, esperando que la memoria dejara mi espíritu pronto. Cerraba la puerta y apagaba las luces. Recostaba mi cuerpo en la cama. Mientras las imágenes y las palabras corrían muy dentro de mi. Tenía el orgullo de jalar las cobijas encima de mi rostro. Tenía miedo de que a las personas a las que había hecho daño llegaran a mi y me lastimaran también, inclusive todos los fantasmas de las personas que había matado. Tenía miedo de que sus almas se reflejaran lo suficiente para que me alcanzaran en mis sueños. Así que, quietamente me acomodaba y esperaba poder cerrar los ojos y dormir por un momento.
Todas las noches miraba al techo y trataba de no pensar. Las imágenes que se mezclaban y se trataban de unir para dar sentido. El sentimiento desaparecía y finalmente podía dormir. El agua que no podía cubrir mi memoria y el polvo que no podía consolar mi dolor. Esperaba poder tomar el aire de la brisa y hacer que descansara mi corazón. Perdido en el polvo, o arriba con el humo del fuego. Con alas en el cielo, o aquí perdido en mi cama.
Me mantenía para mi mismo la mayoría del tiempo. Soñaba todo el tiempo lo que podría encontrar, entrando y saliendo de mi mundo, pero en cualquier otro aspecto estaba bien. A veces, de tiempo en tiempo, me angustiaba, perdido dentro de mí mismo, en mi caparazón solitario. Un catatónico por momentos, y un loco ocasional. Siempre se preguntaban cuándo saldría.

Después de mucho tiempo en el cual tuve demasiado miedo, el viento cambió, lo sentí correr debajo de mis orejas, como seda dibujada a lo largo de mi cuello. Soñé con que encontraba el amor mientras esperaba un nuevo atardecer, desafiando la gravedad. Una brisa pequeña traía señales a mi lugar desde lugares distantes. Una tierna voz navegando en el rocío de la lluvia. Algo en el aire para aquellos que saben de señales. Algo en el aire, en la tormenta. El olor del agua caer sobre la tierra. Un dulce olor. Y de alguna manera me veía envuelto en una tormenta de pensamientos, y había sido enviado a la mordaz sal infernal. Un lugar en el cuál no hay nadie a quién llamar y no hay nadie que responda. El miedo era la clave. No era la imagen, pero tampoco era el marco. Un ornamento de los pensamiento perdiendo el balance.

Aquella tormenta me llevó la ciudad de los gatos, conocí a un hombre no muy lejos de aquella ciudad, un doctor del cuerpo y del alma. Él me dijo: “Caulfield, hay un libro que tienes que leer, siento tu dolor y me hace llorar. Pero estas lágrimas son tuyas no mías. Te concentras en todos tus malos ayeres. Las líneas de preocupación se vuelven más profundas cada día, profundas dentro de ti. No te sorprendas cuando haya una crisis, puede que te tengas que culpar a ti, no puedes seguir así”. “¿Qué es lo que tengo que ver? ¿Qué es lo que tengo que saber? ¿Qué es lo que tengo que esperar?”. Le pregunté. “Mientras te torturas a ti mismo con lo que pasaste, te torturas a ti mismo con lo que te espera, arrastrando contigo la culpa y el lamento dentro de ti, ansioso en las metas que siempre te evaden. Tu mente siempre encontrará la forma de ser hostil contra ti de alguna manera, pero todo lo que tenemos en realidad es lo que está pasando en estos momentos: la felicidad es el camino”. Me decía mientras servía una copa de whiskey. “Cada bebe, cada sol levantándose, mira a tu alrededor. Siente tu alma dentro de ti. Mira dentro de ti. Siente la vida fluir a través de ti. La vida que se te da en cada pequeña cosa que está viva. Las plantas y los árboles. Los pájaros y las abejas. La felicidad es el camino. Eres un esclavo de tu mente, pero tú no eres tu mente”. “Nunca supuse que sería el primero en la línea. Nunca supuse que mediría casi dos metros. Nunca supuse que sería algo grande. Nunca supuse que vestiría implacable. Nunca supuse que sería algo impresionante. Nunca supuse que estaría alejado de los problemas. Nunca supuse que estaría adelante del resto. Pero si pienso en el pasado...Siempre espere que podía pasar simplemente”. Dije. “Tú no eres tu dolor. Dilo otra vez. Tú no eres tu dolor. No es lo que alguna vez pensaste que serías o te convertirías, es lo que eres hoy, es lo que te espera mañana. La felicidad no es el final del camino. La felicidad es el camino”.

Regresé de la ciudad de los gatos días después. Tomé un tren, el tren que es mi vida, acelerando por la noche. He estado en esos lugares por sólo unos instantes, medio despierto, a veces durmiendo, a veces mirando, a veces soñando. He pasado a través de miles de estaciones, demasiado rápido para saber sus nombres, demasiado rápido para saber si he venido o he vuelto otra vez. Lo importante es saber que había vuelto a un lugar que solía conocer muy bien, antes de que el mundo me enseñara a odiar, y de haber cometido el error de haberlo aprendido.
     
Hoy, yo puedo escribir otra parte de aquel libro que probablemente también se pueda volver en una película. La parte donde me he encontrado y estoy enamorado. Poder decir que aquel chico problemático que algún día fui ha dejado de existir. Poder decir que ha encontrado la razón de ser feliz. Que he encontrado todo lo que he necesitado y que desearía poder compartir con aquel viejo amigo que no pudo salvar la alegría de la cuál es víctima. Lloraría en su cara de felicidad al verle y poder transmitirle lo que últimamente ha vivido. Escucharía sus opiniones y consejos con ojos y oídos bien abiertos. Pero sólo se necesita por el momento una respuesta ¿Dónde está?.

Tal vez el libro tampoco pueda reflejar la felicidad que puede vivir uno. Solo una palma sobre mi rostro, la calidez, ahora y por siempre en mi corazón, y el del mundo.

miércoles, 23 de enero de 2013

Felicidad Enterrada





El mundo era tan silencioso y yo era tan feliz que me parecía que pasaba mucho tiempo a tu lado. Me deje llevar por la impaciencia y me acerqué demasiado rápido a la ventana y mire el exterior. Tiempo más tarde, pensaría que aquel había sido el momento más dichoso de mi vida y me pregunto hasta hoy porque me habría de despedir de ti y deshacerme de ese abrazo tuyo en aquel otoño con una lluvia de hojas cayendo en la calle y acabar con aquel momento de felicidad incomparable. Ahora podría decir que habría sido por una extraña inquietud que me poseyó, como si al otro lado de la calle fuera a ocurrir algo y tuviera que llegar a tiempo.

     Pero no obstante, y para no engañar a nadie debajo de la máscara del desconocimiento, al otro lado de la ventana no había otra cosa más que cientos de hojas cayendo de los árboles. La luz estaba cortada pero por las ventanas se lograba filtrar una especie de claridad, como una vela ligeramente encendida, con una especie de luz anaranjada que iluminaba las hojas caer. Más tarde, mientras caminaba debajo de las hojas, pensé en que había abreviado el momento más dichoso de mi vida porque no podía aguantar la excesiva felicidad. Aunque en un primer momento no fui consciente de lo feliz que era en aquel instante con tus brazos a mi alrededor; había paz en mi corazón y parecía que era algo natural que tal vez hubiera olvidado porque hasta entonces había pasado la vida con una sensación de mezcla de angustia e inquietud. Aquella paz era similar al silencio interior de un poema. En ese momento de paz no existía una iluminación semejante, sólo había una pureza más simple e infantil: era como si se pudiera expresar el significado del mundo como un niño que acaba de aprender a hablar.

     Parecía como si hubiera encontrado un significado en la geometría de las hojas que iba más allá de la belleza, pero había una parte de mi que no me dejaba ver más y me decía que aquello era imposible.

     De pronto comprendí una cosa: cuando uno es feliz nunca sabe que lo es. En mi caso, años después decidí que había sido feliz de niño; en realidad no lo era. Pero tampoco era tan desgraciado como en los años que han venido. Cuando era niño no me interesaba la felicidad. Y podría decir que nunca me ha interesado la felicidad, pero aquello no es del todo verdad, además de que puede resultar algo pretencioso.

     Entonces, puedo decir ahora, que comencé a pensar en la felicidad cuando la infelicidad me incapacitó para hacer cualquier cosa. Y a decir verdad, me pongo nervioso el pensar en el silencio que surge al no recordar el tiempo en que fui feliz, más que el tiempo que pase contigo.

     Y en mi caminar por la ciudad, el aquel soplo de viento inquieto que dispersaba las hojas caídas de los árboles, me deje llevar por la misma impaciencia de antes al momento de dejarte, y ahora siento con más violencia la agonía del amor y de la espera que no termina que hace que duela todo en mi interior. Hacía apenas un pequeño instante que había sido feliz que la idea de poder perderla me enloquecía, y me provocó ciertas dudas de saber si aquella felicidad en verdad era cierta. 

     La noche me rodeaba, y como un hombre solitario, la sonrisa de un niño aparece, creyendo en aquella felicidad y el hecho de que se puede encontrar una vez más, en algún lapso de tiempo sin que sea una visión cristalina, una felicidad incomparable. Y aún así, el miedo de no volver a encontrar aquel instante una vez más crece a toda velocidad en mi corazón y se convierte en una inquietud que me arrastra, llevándose todo por delante.

martes, 22 de enero de 2013

Diario Parte I


¡Ah, pobre amiga, no sé que sueños hayas tenido! pero no, yo salgo de una noche terrible; soy desgraciado, por mi culpa quizá y no por la tuya, ¡pero lo soy! (¡Dios, dispensa mi desorden!). ¡Sí, es verdad, lo he querido ocultar en vano: desde que llegaste, te deseo tanto como te amo, y moriría más bien antes que provocar alguna vez tu disgusto! Sé que es muy pronto para poder decir estas cosas, pero has llegado en el momento adecuado. Debes perdonarme, ¡no soy veleidoso! Desde siempre voy a ser fiel, no lo tengo bajo alguna duda. Tanto con mis pensamientos como contigo. Si es que ya me tienes un poco de afecto, puedo asumir que no querrás lanzarme a esos vanos ardores que suelen matar a las personas todavía. 

Te confieso todo esto para que en ello puedas pensar y fundamentar tu afecto hacia mi; pues ya lo he dicho en un par de ocasiones, y cualquier esperanza que tengas a bien darme, no implicará algún día fijo para poder hacerlo. Lo puedes hacer cuando mejor te convenga.

¡Ah, ya lo sé! Se que mis acciones no son ciertamente las de una persona considerada cabal a sus 27 años, pero no me agrada mucho la idea que se obligue un poco a las personas para hacer las cosas. Pero pensar que para mí, yo no soy más, quizás, para usted o para otras personas pueda resultar difícil asumir mi manera de pensar, pero no podemos asegurar que soy más o soy menos; pero lo que puedo asegurar y pedir es que salgamos pues, de los usos de la galantería ordinaria. Que a mi no me importa que hayas salido con otros hombres diferentes a mi. Que si bien se dice que cada quien es un individuo, la verdad es que la sociedad se trata de homogeneizar y de mimetizar lo más que puede. Pero no te debes de preocupar. No leo los mismos libros que todos, ni escucho lo mismo que todos, ni trato de comunicarme como los otros. Yo sí puedo decir que no soy como los otros, así que si deseas darme una oportunidad sabiendo que no te puedo ofrecer lo que la mayoría te ofrece, pues adelante. No pienses como la mayoría lo hace acerca de mi. Es como decía el hombre invisible: Soy un hombre invisible...soy un hombre de substancia, de carne y hueso, de fibra y líquidos, y hasta se puede decir que poseo una mente. Soy invisible, entiéndelo, simplemente porque las personas se rehusan a verme. Y así es siempre querida. La gente no está acostumbrada a ver ciertos aspectos que yo me atrevo a ver. 

Sigamos pues con lo importante aquí. Te puedo decir abiertamente que tú eres la primer mujer que yo he amado, y soy, probablemente, el primer hombre que en verdad te ha amado. No dejemos que la sutileza del engaño juegue con nosotros. Tanto tú como yo hemos salido con diferentes personas, pero en realidad yo no he amado a nadie hasta que llegaste tú, y creo firmemente, que en verdad nadie te ha amado, sino no estuvieras leyendo esto. Aunque puede ser que tú sí lo hayas hecho, pero eso no me importa. 

Si esto no es una especie de himno que el cielo bendice, la palabra amor no es más que una palabra vana. Que éste sea, pues el himno verdadero en que te puedo decir abiertamente: “Es la hora. Te amor ¿gustas acompañarme en este viaje?”. Ciertamente hay maneras de obligar a una mujer que me resultan repugnantes. Tu ya puedes asumir que mis ideas son singulares, mi ambiente es siempre el de la poesía y la originalidad; subordino con placer mi vida a la novela; los menores desacuerdos me ofenden, y las modernas maneras que adoptan los hombres con las mujeres que poseen, no serán jamás las mías. Deja que te ame de esta manera; esto tendría quizás algunos dulces encantos de los que eres ignorante por el momento. ¡Ah, no dudar nada, por otra parte, de la vehemencia de mis comunicaciones! Tus temores serán siempre los míos, y así como sacrificaré mi juventud y mi energía para obtener la dicha de estar juntos, así también mi deseo se detendrá ante tu reserva. ¡Mi querida y verdadera amiga, quizá haga mal en escribir estas cosas que no se dicen comúnmente más que a las horas de embriaguez! Pero eres tan buena y tan sensible que espero no te ofendas por estas manifestaciones, que sólo tratan de encontrar la manera en que te puedas identificar completamente con mi corazón. 

Te he hecho bastantes confesiones, puedes hacerme igualmente algunas de tu parte. La única cosa que me alarmaría sería obtener sólo por complacencia o piedad los efectos de una relación. No puedes reprochar mi amor por considerarlo material; por lo menos no lo es en ese sentido. Renuncio a la envidia, sacrifico mi amor propio; pero no puedo hacer abstracción de los derechos secretos de mi corazón sobre otro. Tú me amas, sí, mucho menos de lo que yo te amo, sin duda, pero me amas al fin de cuentas, sin lo cuál no hubiera penetrado también hasta llegar a tu intimidad. Comprenderás cuanto te digo, tanto sería esto ofensivo para una cabeza fría como para un corazón indulgente y tierno.

Un movimiento tuyo me ha proporcionado placer, y es que has creído tu temer un instante que, desde hace algunos días mi constancia no fuera cierta. ¡Ah, está segura! Tengo poco mérito para conservarla; no existe para mi más que una sola mujer en el mundo...

lunes, 21 de enero de 2013

British Theatre - Dyed In The Wool Ghost






Otro día más ha pasado queridos visitantes de este universo paralelo. Había estado pensando en subir más discos ahora que Megaupload ha regresado con otro nombre y características, pero por lo pronto, en lo que empieza a funcionar al 100%, seguiremos en Mediafire. 

     Hoy compartiré con ustedes otro de mis discos favoritos del 2012. Son un dúo británico conformado por dos ex-oceansize, Mike Vennart y Richard A. Ingram (Gambler). Después de su separación abrupta hace ya dos años, prometieron que ellos seguirían en un nuevo concepto totalmente diferente. Lo cumplieron, y en menos de un año nos regalaron 2 EP’s. Ambos están disponibles para comprar en su página de bandcamp: http://britishtheatre.bandcamp.com/, el primero está disponible sólo en su descarga, y el segundo está a la venta en una edición limitada a 500 copias en un hermoso LP de 12”.

     ¿Qué podemos esperar del Teatro Británico? Tiene algunas características y remanentes que alguno de los pocos elegidos había amado siempre en Oceansize: Melodías que se sienten casi sin esfuerzo, inmediatamente se vuelve algo familiar, un poco de melancolía compensado por unos riffs, y la voz única de Vennart, que a veces nos empuja hasta un punto de ruptura.

     No esperen en British Theatre que sea un Oceansize Mark II. Con esto se demuestra tal vez alguna de las razones por las que el entorno en Oceansize se volvió complicado. Las pistas aquí son hermosas y seguras,tal vez no haya alguna con grandilocuencia, pero existe mucha fragilidad. De alguna manera este EP es único, es claustrofóbico, como si Vennart e Ingram se hubieran metido en una habitación sin ventanas para una noche larga y borrosa del alma, y simplemente se haya grabado.

     Es frágil, y tiene muchas características melódicas de lo que una banda diferente busca al no trata de usar sólo tres acordes a lo largo de la canción. Es un nuevo trabajo, de un nuevo equipo que se dirige hacia un mundo distinto. El disco suena tremendamente hermoso. Disfruten.




domingo, 20 de enero de 2013

Deja Entrar Al Indicado




Las luces de la noche iluminaban mi rostro, parecía como si aquel haz me quisiera llevar por el tiempo. No me preocupaba tanto, sabia que si seguía por aquel camino, mi historia seguiría justo dónde la había dejado. Las imágenes del tiempo parecían detenerse. No me importaba, sabía que el cielo quemaría un agujero a un lado de mi cama y posiblemente me llevaría a un lugar mejor. 

     Aquella señal me llevó al exterior de dónde me encontraba. Me hizo traspasar al exterior de un momento a otro, sentía que aquel lugar inhóspito que había dejado, había hecho que me liberara de mis penas pasadas. Mi rostro parecía estar triste a pesar de todo, mis ojos que se reflejaban en el cielo lo podían decir claramente. Por un momento hubiera deseado no haber dejado mi casa, y que aquella tristeza se la tragara mi cama mientras me postraba en ella y me ocultaba bajo las sábanas. Ahora parecía un sonámbulo que trataba de no caer en cada paso que daba en el exterior. 

     Al salir, el tiempo se movía tan lento que podía tocarlo. Las líneas delgadas que se dibujaban en el aire pálido se podían quebrar al sonido de mi voz. No se podía decir que articulaba oraciones completas, eran simplemente palabras aleatorias. No sabía lo que significaban del todo, podía decir: “El verdadero peso del amor”, “Vivir es un problema, todo se muere”, “Otro corazón muerde el polvo”, “Oscuridad se mi amiga”. Después de pensar por un momento que podían significar aquellas frases, pude comprender que la mayoría de ellas se referían a mis momentos pasados, a todo lo que iba dejando atrás, simplemente por el hecho de caminar y dejar que la oscuridad me rodeara. 

     Las voces parecían perderse en el inmensa soledad. Las luces de las casas permanecían encendidas pero sólo para aparentar que no están abandonadas. El sonido se movía lo suficientemente lento que podía tocar el tiempo. Seguía caminando, no podía pensar el porqué no podía evitarlo, era uno de esos momentos dónde pensaba en que lo que hacía no iba a funcionar, y tenía que asegurarme de que funcionara en verdad. Esta vez decidí seguir adelante, cazando en los muros que me rodeaban todos aquellos momentos que me habían hecho ser infeliz en mis últimos años. 

     La luna estaba tan pesada, que difícilmente podía poner mi mirada en ella. No la podía sostener. Pero nadie la mira, así es como se mantiene. La noche era cálida y en los árboles crecían hojas nuevamente. Respiraba en aquel nuevo aire, respiraba en la vida. Nadie podía decirme que aquellos fueron los días, que aquellos días que golpeaba mi cabeza en las paredes había sufrido o había sido feliz. Eso nadie lo podía saber. Eso es lo que veo mientras rezo.

     Seguí caminando por las oscuras calles, me perdía en mi juventud. Mis ojos preocupados miraban al frente, las luces de la ciudad bañaban mi rostro. Debajo del manto de la noche, caminaba sin rumbo aparente, sentía una ligera brisa a mi al rededor, como si un río se encontrara cerca, pero no había tal cosa cerca de mi, con lo único que podías darte cuenta que había un ligero aire era cuando te entraba polvo en el ojo. Mostraba mis manos, y tenía la sensación de que me volvía el hombre invisible. Tenía todo el mundo para esconderme, pero no era necesario. 

     Los reflectores de la ciudad me sostenían. Los faros de la carretera me jalaban. Nadie los apagaba, así que los seguía. Nadie apagaba mis sentidos de la forma en que el mundo lo solía hacer. Dejé que las luces me siguieran guiando a través del tiempo. El infierno en mi interior parecía congelarse a cada paso que daba. El miedo por encontrar algo nuevo desaparecía mientras la confianza aumentaba, hasta que llegó el momento en que no debía de hablar ni de guardar silencio, simplemente estar. 

     Sabía que esta cualidad no volvería otra vez. Totalmente abrumado por la nada, comparando la calma con el dolor para decir que ahora estoy perfecto. El camino llegaba a su final, y la luz me guiaba al interior de una habitación. Después de tanto caminar había llegado al final del camino, aún no amanecía, así que entré a la casa que contenía aquella habitación, por lo que se podía ver, no había alguna señal de vida, tampoco se podía sentir. Revisé las habitaciones, una a una para cerciorarme de que me encontraba solo. La casa resultaba como cualquier otra, tenía muebles, que por el olor, parecía que estaban llenos de polvo y que tenía tiempo sin haber sido habitada. No me atrevía a encender el candil para tener la imagen completa de la casa, prefería que los demás sentidos me indicaran todo lo que tenía que saber de aquel lugar. Llegué a la habitación final, justo dónde la luz me había guiado todo ese tiempo, me acerqué a la cama que se encontraba dentro de la habitación, me recosté en ella, cerré los ojos por un instante, no fue mucho tiempo, tal vez nueve segundos, sentí como la tierra se movía debajo de mi. No era un temblor, o un tren que pasaba a un lado de la casa dónde me encontraba. Tal vez simplemente haya sido un reflejo de que había cerrado los ojos y me estaba quedando dormido, pero no lo quería hacer. 

     Antes de que cerrara mis ojos una vez más, sentí que alguien más estaba en la habitación, la habitación no era tan oscura como para saber todo lo que había en ella, la luz que entraba por la ventana iluminaba lo suficiente la habitación. Miré todo el cuarto hasta que pude ver la silueta de alguien entrando por la misma puerta que instantes antes había cruzado. La silueta era de una mujer, llevaba una bata blanca, y parecía como si me hubiera estado esperando todo este tiempo. No sabía porque no la había visto o sentido desde el primer momento en que crucé la puerta de la casa. Nuestros ojos se encontraron en aquella oscuridad. No era porqué los alcanzara a distinguir desde dónde me encontraba, sino porqué las miradas parecían encontrarse en aquel punto de luz y de tiempo. 

     “Entra” le dije. Ella entraba en su bata blanca, el rostro se veía más claro, hasta que por fin estuvo frente a mi. Su rostro no parecía reflejar emoción alguna. Simplemente se detuvo frente a la cama y me siguió mirando. Recordé el titulo de un libro: “Let The Right One In”, así que abrí más mis ojos y deje que entrara hasta el fondo de mi ser. “Acércate a la cama”, susurré. Traté de quitarme la cabeza, que era justo dónde ya estaba, pero no pude. “estás justo aquí, creo que has estado siempre aquí”, le dije mientras señalaba mi cabeza. Ella seguía sin decir nada. “Ven, recuéstate a mi lado” insistí. Se acostó a mi lado, y los dos, como un par de niños miramos hacía el techo. No sé cuanto tiempo lo miramos, hasta que por fin los dos nos volteamos y quedamos de frente. Nuestros ojos se unían otra vez. La luz y el tiempo ya no parecían ser problema. Nos abrazamos tan fuerte, que era como si de la fuerza dependiera todo lo que sentíamos, y si lo hacíamos con la suficiente fuerza, siempre nos querríamos. Su rostro daba a mi pecho, así que podía escuchar la manera en que latía mi corazón. El amor infinito por fin consumado.